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¿Pensar como computadoras?

13, Julho, 2009 pmfonseca Nenhum comentário

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Nueva York.– La posibilidad de que las computadoras puedan llegar a superar el nivel de inteligencia humana ha vuelto a ocupar un lugar tan central en las previsiones sobre el futuro al punto que han determinado incluso una fecha para la ocurrencia de ese fenómeno: el año 2045.

Según informa un artículo del New York Times (24/5/2009) ése será el momento en el cual la “Singularidad” –tal como fue bautizada esa máquina con una inteligencia superior a la humana en un artículo del año 1993 escrito por Vernor Vinge– comience a entrar en funcionamiento.

Se supone que superando los avances actuales –donde ya tenemos computadoras que pueden responder a preguntas, ver y escuchar y solucionar problemas– estas computadoras serán conscientes de sí mismas y tendrán una inteligencia sobrehumana que les permitirá diseñar otras colegas (ya que posiblemente ese sea el nombre que debe aplicárseles) de manera más rápida y eficiente a cómo lo hacen los seres humanos.

Con la aparición de estas computadoras, según sostiene Raymond Kurzweil en el libro The Singularity is Near: When Humans Transcend Biology (2000), se habría arribado a una etapa evolutiva posthumana en la cual los supuestos darwinianos se verían complejizados por obra de esta intervención humano-tecnológica.

Inteligencia artificial y deseo humano
La precisión en la fecha para la aparición de este supuesto avance no es tan asombrosa –después de todo se está hablando de computadoras, es decir del paradigma de la exactitud– como la comprobación de que cuando no solamente olvidamos el pasado sino que también lo desvalorizamos concluímos, una vez más, repitiéndolo: para que la computadora pueda superar al hombre en inteligencia, es necesario apoyarse en una definición de inteligencia tributaria de aquella psicología de las facultades que estaba en boga cuando reinaba, incuestionada, la dualidad cartesiana entre el cuerpo y la mente.

Otra ambicion de la revolución tecnológica demuestra la vigencia de ese tradicional dualismo: es la que pregona la superación de la mortalidad a través del trasvasamiento de la información cerebral de una persona, lo cual la haría vivir eternamente. Esta transferencia de la mente humana a una computadora permitiría pensar que alguien podría seguir existiendo mentalmente aunque carezca de cerebro.

En definitiva, cuando solamente el cálculo y la información –que es lo que caracteriza a la computadora– se considera también como lo que define a un ser humano, no resulta arriesgado profetizar el triunfo de la computadora a la hora de rivalizar (esa pasión tan humana y alejada del cómputo) en términos de una inteligencia definida como puro cálculo e información.

La inteligencia humana, sin embargo, es algo diferente porque tiene un cuerpo deseante, necesitado del otro y de lo otro. Es este cuerpo humano desdeñado lo que revela a esta profecía como la clave para entender los ideales, temores, rechazos y aspiraciones de la sociedad en la que surgió.

Porque la condición para establecer aquella equivalencia y rivalidad entre computadoras y seres humanos tiene como premisa necesaria la desvalorización del cuerpo humano considerado imperfecto frente a la máquina. Pero es precisamente porque su cuerpo es imperfecto que esa cosa pensante, de la que hablaba Descartes, puede razonar: por haber nacido prematuro, inacabado, el hombre es lo que es.

No es la perfección corporal la que explica la diferencia humana respecto al resto de los animales sino la imperfección: ella la que lo vuelve plástico y lo hace deseante, productor y creador.

Y la que le otorga una inteligencia que no puede considerarse una entidad abstracta porque en ella también está comprometida la sexualidad y la vida afectiva, las pasiones y las angustias: cualquiera puede comprobarlo en sus experiencias diarias donde un mayor o menor rendimiento intelectual se muestra tributario de la persona a la que uno se dirige, como sucede cuando alguien está enamorado o cuando se está dirigiendo a alguien que resulta particularmente significativo para su propia autoestima.

Pensar con el cuerpo
Es esa imperfección la que fundamenta el punto de vista psicoanalítico, que encuentra en el origen de las creaciones humanas el intento infantil por antropomorfizar el mundo, haciendo que los instrumentos y utensilios que nos rodean adquieran las formas y rasgos que el ser humano se atribuye a sí mismo.

Esta idea, que resulta fácil de aceptar en relación al hombre primitivo, también se aplica, aunque provoque resistencias, a los instrumentos y técnicas de la actualidad que funcionan, como en el pasado, para que los objetos protejan al sujeto humano respecto al peligro de ser él mismo convertido en un objeto.

Alguien señaló que en la construcción de instrumentos, la voluntad humana le daba un alma al mundo exterior haciéndolo que trabaje en lugar nuestro. En ese sentido, las más altas producciones culturales y técnicas no pueden entenderse como el resultado de un avance progresivo de la “pura” inteligencia –en un racionalismo abstracto– sino teniendo en cuenta al mismo tiempo todos los motivos aparentemente no racionales, que son la consecuencia de la fuerza de un deseo superador de la definición tradicional y convencional de razón, y que conducen al hombre a crear.

Es lo que indicó el científico Gunther Stent al hacer notar que la computadora puede ser excelente en matemáticas y ajedrez, pero que de todos modos no superará al hombre: una computadora podrá ser experta en restaurantes, pero nunca conocerá el sabor de una comida.

La referencia es interesante ya que remite nuevamente a la cuestión del cuerpo, de sus necesidades y sus deseos –de ese cuerpo que pareciera ser innecesario para el desarrollo de la inteligencia en esta tendencia tecnológica que reemplazó la metáfora del hombre máquina por la del hombre-informático.

lauraszichman@gmail.com

Texto retirado de TalCualDigital.com

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